sábado, 9 de septiembre de 2017

Brrr…¿exit?


La tercera ronda de consultas entre la Unión Europea y el Reino Unido sobre las modalidades de desconexión de los británicos (Brexit) finalizó sin resultados aparentes. Los temas abordados por los negociadores, la factura de Londres, los derechos de los ciudadanos europeos residentes en Gran Bretaña y de los ingleses que viven en la Europa comunitaria y la frontera entre las dos Irlandas – Eire y Ulster – no hallaron respuesta positiva. ¿Falta de imaginación, de voluntad política? Lo cierto es que la negociación se ha encallado.

Hay buenas razones para preocuparse; la desconexión total de Inglaterra debe materializarse el 29 de marzo de 2019, es decir, en apenas 18 meses. En el campo de los pesimistas, hay quien habla ya de un divorcio “por las bravas”, de una inevitable e irreparable ruptura. Los optimistas, por su parte, sueñan (sí, ¡esa es la palabra!) con la celebración de un segundo referéndum destinado a invalidar los resultados del primero. Los “eurócratas” se ratifican en su postura primitiva: fuera significa fuera, con todas las consecuencias.

Los emisarios de Londres, que reclaman un estatuto “especial” para el Reino Unido o, como afirman algunos, una relación “lo más profunda posible”, no parecen dispuestos a transigir a la hora de cuantificar la deuda británica.

Conviene recordar que Londres ha gozado hasta la fecha de este ansiado “estatuto especial”, que le permitía disfrutar de las ventajas de la asociación – finanzas comunitarias, mercado único, libre circulación, sistema sanitario europeo – sin hacer frente a los posibles o imaginables inconvenientes: adopción de la moneda única o acatamiento de las normas de una ya de por sí devaluada política agrícola común.

Bruselas cuantifica la deuda de Londres en unos 60.000 ó 100.000 millones de euros, que incluyen los compromisos financieros adquiridos por el Reino Unido hasta el año 2020. Se trata de programas de financiación comunitaria negociados antes de la celebración del referéndum sobre la salida de la Unión.  Aunque al inicio de las consultas sobre el Brexit los británicos se comprometieron a respetar sus “obligaciones morales”, el actual jefe de la delegación inglesa, David Davis, lamenta que “UE reclama al contribuyente británico un montante demasiado elevado”.  Por su parte, el negociador europeo, Michel Barnier, estima que “los 27 contribuyentes europeos no deben pagar los compromisos adquiridos en su momento por los 28”. Concluyente y contundente resultó ser el comentario del actual jefe del Foreign Office, Boris Johnson, que resumió la postura de Londres con la lacónica frase: “los líderes de la UE deben irse a tomar viento”…

Barnier estima que la propuesta de Londres sobre el funcionamiento de la región fronteriza entre las dos Irlandas es una especie de “caballo de Troya” ideado para facilitar el ingreso de las exportaciones británicas en la UE, haciendo caso omiso de la normativa comunitaria. Pero… fuera significa fuera.

Por otra parte, el tema de los derechos de los ciudadanos europeos y británicos quedaría aparcada hasta el final de las consultas. Algo que los europeos no parecen dispuestos a aceptar.

En resumidas cuentas, el matrimonio entre Londres y Bruselas está a punto de romperse tras cuatro décadas de accidentada convivencia. Pero, ¿qué ha pasado? ¿Cómo hemos llegado hasta aquí?

Trato de hacer memoria. El 14 de enero de 1963, el general Charles de Gaulle, presidente de la República Francesa, vetó la candidatura británica al Mercado Común. De Gaulle, uno de los últimos grandes estadistas del Viejo Continente, hizo hincapié en la incompatibilidad de los intereses económicos continentales e insulares, subrayando el hecho de que el ingreso de Londres perjudicaría la política agraria común europea, convirtiendo, además, la Comunidad Económica Europea en una gran zona de libre cambio. Por si fuera poco, el militar francés opinaba que la relación privilegiada del Reino Unido con Norteamérica, transformaría la Europa europea en una Europa atlántica. De hecho, De Gaulle dudaba de la vocación europea de los ingleses, a los que tachaba de… “isleños”.

Los británicos lograron su adhesión a la entonces CEE tras la retirada del general De Gaulle. El brillante profesor de literatura francesa que le sucedió levantó el veto.

Sólo cabe preguntarse: ¿quién se equivocó? Aparentemente, los temores del general acabaron materializándose…