sábado, 21 de octubre de 2017

Trump, Netanyahu y el “irrelevante” señor Abbás


Trato de recordar cuántas veces emplearon los políticos israelíes la palabra “irrelevante” a la hora de aludir a sus interlocutores palestinos. La lista es muy larga; casi interminable. La expresión fue acuñada en diciembre de 2001, pocos meses después de los atentados del 11 S, por el entonces primer ministro israelí, Ariel Sharon, quien tildó al presidente de la Autoridad Nacional Palestina, Yasser Arafat, de “terrorista”, “asesino” y “personaje irrelevante” para en proceso de paz de Oriente Medio. En septiembre de 2003, cuando las Naciones Unidas aprobaron una resolución de apoyo a la causa palestina e, implícitamente, al funcionamiento de la ANP, el Gobierno de Tel Aviv volvió a utilizar el mismo vocablo: “irrelevante”. 

En febrero de 2006, después de la muerte (¿asesinato?) de Arafat, cuando su sucesor, Mahmud Abás (Abu Mázen) intentó una mediación entre las dos grandes corrientes palestinas, Al Fatah (laica) y Hamas (islamista), la entonces ministra de Asuntos Exteriores de Israel, Tzipi Livni, siguió los pasos de Sharon, calificando al nuevo Presidente de la ANP de… político “irrelevante”. La expresión se ha convertido en el estribillo de la clase política hebrea. Aparentemente, todas las iniciativas, véase logros de los palestinos son… irrelevantes.

Si bien no sucede lo mismo cuando Palestina alcanza su reconocimiento internacional o la adhesión a los organismos especializados de las Naciones Unidas, como por ejemplo, la UNESCO, la palabra vuelve a emplearse cuando las facciones palestinas rivales – Al Fatah y Hamas – tratan de sellar las paces. Fue lo que sucedió recientemente en El Cairo, cuando los emisarios de la ANP y los representantes gazatíes del Movimiento de Resistencia Islámica firmaron el acuerdo sobre la entrega del control de Gaza a la Autoridad Nacional Palestina. El documento, negociado en la sede de la Dirección de la Inteligencia egipcia, ponía fin a la rebelión de los islamistas, quienes asumieron el control de la Franja en 2007, tras la expulsión manu militari del personal civil y los milicianos de la ANP.

El protocolo rubricado en El Cairo contempla seis cláusulas, que tratamos de detallar a continuación:  
· La Autoridad Nacional Palestina asume, a partir del 1 de diciembre, la gestión administrativa de la Franja de Gaza;

· Los jefes de los servicios de seguridad de Gaza y Cisjordania estudiarán la creación de un sistema de seguridad común;

· Los miembros de la Guardia Presidencial de la ANP (unos 3.000 efectivos) se harán cargo de la vigilancia de las fronteras de la Franja con Israel y Egipto;

· Durante la primera semana de diciembre, se celebrará en El Cairo una reunión conjunta destinada a evaluar la aplicación del acuerdo entre las dos partes;

· Una comisión de la ANP se encargará de solucionar, de aquí al 1 de febrero del año próximo, el problema de los 40.000 funcionarios públicos de Gaza. Unos 5.000 pasarán a desempeñar sus funciones tras el traspaso de poderes. El resto, percibirá sus sueldos durante el periodo interino; 
 
· Las facciones que firmaron el Acuerdo de 2011, que contempla la reconciliación y la celebración de elecciones generales en los territorios palestinos, se reunirán en El Cairo el 14 de noviembre; y

· Las partes estudiarán las modalidades de un posible desarme o disolución de las Brigadas Izzadin Kassam, brazo armado de Hamas. Hoy por hoy, la organización islamista de Gaza rechaza esta alternativa.

El acuerdo, que prevé la creación de un Gobierno de Concentración Nacional, alude asimismo a la “unidad de los palestinos” con miras a acabar con la ocupación, la creación de un Estado soberano en la totalidad de los territorios ocupados por Israel en 1967, al retorno de los refugiados y al derecho de establecer la capital del futuro Estado en Jerusalén Este.

Conviene señalar, sin embargo, que un documento elaborado por la plana mayor de Hamas a comienzos de 2017 descarta el reconocimiento del Estado judío y/o cualquier opción política que haga caso omiso del objetivo final del movimiento islámico: la liberación de Palestina desde la orilla del río Jordán hasta el Mediterráneo, lo que implica la desaparición del Estado judío.

No hay que extrañarse, pues, que el Gobierno de Benjamín Netanyahu, haya rechazado tajantemente el diálogo con Hamas, esa “organización terrorista” que figura en las listas negras elaboradas por el Departamento de Estado y de Unión Europea.  La condición sine qua non de Tel Aviv es que el movimiento de corte religioso rompa definitivamente los lazos con el régimen de Teherán, su principal valedor en la zona.

Tampoco hay que extrañarse que la Administración Trump haya exigido a la ANP, en un tono autoritario, el desmantelamiento de las Brigadas Izzadin Kassam, así como el desarme total de la Franja de Gaza. Aparentemente, el actual inquilino de la Casa Blanca, que no tiene especial predilección por los musulmanes, adopta una postura mucho más intransigente que sus antecesores.

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