jueves, 18 de mayo de 2017

Ataques informáticos y guerra digital


Mientras el Santísimo Patriarca Kirill (Cirilio), actual cabeza de la Iglesia ortodoxa de Moscú y toda Rusia, se dedica a bendecir los ordenadores de los ministerios de la Federación Rusa (ex Unión Soviética), pidiendo al Señor que proteja a los suyos  contra los engorrosos ataques informáticos, las estructuras de ciberdefensa de los países de Europa oriental, ex socios de Moscú en el extinto Pacto de Varsovia, tratan de elaborar, con ayuda de los “dioses” transatlánticos, estrategias de defensa contra la guerra digital iniciada recientemente por el Kremlin.

La guerra digital o ciberguerra es la variante moderna de lo que antes llamábamos propaganda, intoxicación, desinformación, manipulación de la opinión pública. Los antepasados de los actuales cerebros de la ciberguerra recurrían a la difusión de falsas noticias a través de la Prensa escrita, la rumorología, las campañas diseñadas para generar olas de pánico. Durante la Primera Guerra Mundial, alemanes y franceses, otrora enemigos, competían en la fabricación de peligrosas medias verdades, destinadas a engañar a los estrategas y desconcertar a los políticos. A las personas encargadas de la difusión de estas noticias se les llamaba lisa y llanamente espías. Unos seres despreciables, cuya actuación se castigaba con la pena de muerte. Nada que ver con el James Bond de las películas de Hollywood o con las entretenidas novelas de Graham Greene.
   
Hoy en día, cuando se habla de espionaje se alude, forzosamente, a campañas cibernéticas destinadas a desestabilizar la vida política de los Estados. Recordemos las acusaciones de intrusión de los servicios secretos rusos en la campaña presidencial estadounidense de 2016, al goteo de información ¡no contrastada! de WikiLeaks, a los “topos” infiltrados en el Cuartel General de la Alianza Atlántica.
Para los países de Europa oriental, la palabra espionaje es sinónimo de Rusia. La amenaza – ficticia o real – se perfila en los países bálticos, Polonia, Ucrania o Rumanía. Según los servicios de inteligencia de esos Estados, adiestrados por la CIA estadounidense, el espionaje ruso ha intensificado sus actuaciones en los últimos meses, es decir, tras la celebración en Varsovia de la cumbre de la OTAN, donde se dejó constancia de los planes “defensivos” de la Alianza Atlántica. Unos planes que incluyen el reforzamiento de la presencia de la OTAN en la zona, la creación de estructuras del llamado “Escudo antimisiles”, el incremento de la fuerza naval en el Báltico y el Mar Negro. 

Las autoridades de Estonia y Lituania confirmaron la detención de agentes de la Agencia de Información Militar rusa (GRU) y del Servicio Federal de Seguridad (GRU), sucesor del KGB, aparentemente interesados en recabar datos relativos a las aún embrionarias estructuras de defensa de dichos países. 

Polonia ha solicitado y conseguido el aumento de la presencia de tropas de la OTAN en su suelo. La masacre de Katyn – el fusilamiento, en 1940, de militares, policías e intelectuales polacos llevada a cabo por el NKVD de Stalin -, aún no queda olvidada. No hay que extrañarse, pues, el que Varsovia se haya convertido en el baluarte de la ofensiva ideológica anti rusa. 

En el caso de Rumanía, el peligro procede de variopintos horizontes. Rusia constituye, indudablemente, la mayor fuente de preocupación, aunque no la única. La disputa por la soberanía de Transilvania, que opone a rumanos y húngaros desde hace más de un siglo, se ha recrudecido tras la llegada al poder del conservador Viktor Orban, partidario de la “gran Hungría”, es decir, de la “reconquista” del suelo transilvano.

En realidad, Orban se limita a hacer suyos los argumentos de la derecha ultranacionalista de mediados del siglo pasado, que logró adueñarse de Transilvania con el apoyo de las tropas del Tercer Reich. Las heridas permanecen abiertas. 

Otro frente es el rumano-serbio. Belgrado no reconoce la existencia de la minoría étnica rumana en su territorio. En este caso, la guerra que se libran Bucarest y Belgrado no se limita a meras consultas diplomáticas.  

¿Qué hacer? Los rumanos son conscientes de la necesidad de contrarrestar las campañas de propaganda de sus vecinos. Y no sólo de propaganda. En efecto, mientras los enviados del Kremlin aseguran que Rumanía se encuentra fuera de su zona de influencia, los estrategas rusos arremeten contra la presencia de las instalaciones del “Escudo antimisiles” y de las unidades motorizadas de la OTAN en las inmediaciones de la ciudad costera de Constantza.

Recientemente, la Academia de Ciencias de Rumania anunció de creación de un Centro de Evaluación de los Peligros informáticos, destinado a supervisar la actuación poco amistosa de sus vecinos en… las redes sociales. ¿Una herramienta para el inicio de una ciberofensiva? “No”, aseguran los diplomáticos rumanos, “aún no estamos preparados para ello…”  

jueves, 11 de mayo de 2017

Siria: los enemigos de mis enemigos


En la guerra de Siria, todo está permitido. Las alianzas se hacen y se deshacen, el enemigo de ayer se convierte en aliado coyuntural. Todo es frágil, fugaz, pasajero. La lógica no acompaña las oscuras maniobras de los protagonistas.

Hace apenas unos días, los rotativos del “primer mundo” se hacían eco de una sorprendente noticia: los Estados Unidos facilitarán armamento a la Unidad para la Protección del Pueblo (YPG), milicia kurda de corte marxista, cuyos integrantes comparten el ideario del Partido de los Trabajadores de Kurdistán (PKK), agrupación turca que figura en la lista negra de “movimientos terroristas” elaborada por Washington y… Bruselas.

Ni que decir tiene que la asombrosa noticia provocó un hondo malestar en Ankara. El Gobierno Erdogan, que lleva un encarnizado combate contra las unidades del PKK, había contemplado la posibilidad de llevar a cabo bombardeos contra las bases de los kurdos sirios de la Unidad para la Protección del Pueblo, acusando a los dirigentes de este movimiento de ser la punta de lanza del Partido de los Trabajadores del país otomano. Pero las milicias del YPG cuentan con instructores rusos y, desde hace ya algún tiempo, con asesores militares estadounidenses. Atacar las instalaciones de la Unidad para la Protección del Pueblo implica de conflicto potencial con los dos aliados de Ankara: Moscú y Washington.

Los Estados Unidos optaron por orientar su ayuda indirecta a través de las Fuerzas Democráticas Sirias, conglomerado de agrupaciones laicas que combaten contra el Estado Islámico y las Brigadas al Nusra, emanación de Al Qaeda. Su meta: la defensa de la democracia, el federalismo y el laicismo. Nada que ver con la ideología de sus contrincantes, los primeros combatientes enviados a Siria hace un lustro por Arabia Saudita o Qatar y financiados en su momento por el Pentágono y la CIA.

Conviene recordar que la acción desestabilizadora de Washington, cuya principal apuesta fue el derrocamiento de Bashar al Assad, coincidió con el inicio de las mal llamadas “primaveras árabes”, maquiavélica maniobra destinada a sustituir a los regímenes autocráticos por… gobiernos islamistas pro occidentales. Un craso error de cálculo cuyas graves consecuencias pagarán tanto Oriente como Occidente.

 ¿Apoyar a los movimientos pro marxistas? Este sorprendente cambio de rumbo de la Administración estadounidense obedece, ante todo, a la incoherencia de la política exterior de los Estados Unidos, a las alianzas defensivas “sui generis” que perjudican, a la larga, los intereses del “primer mundo”. Basta con recordar el fracaso de la estrategia estadounidense en Afganistán, Irak, Siria, Yemen… Los intentos por cambiar la faz del mundo, del mudo árabe musulmán, resultaron contraproducentes, cuando no peligrosos.

El acercamiento a la Unidad para la Protección del Pueblo recuerda, extrañamente, el enfrentamiento indirecto contra la antigua URSS en suelo afgano. Sin embargo, en el caso de Siria, la problemática es mucho más compleja. No se trata sólo de neutralizar la creciente presencia militar rusa en suelo sirio, sino de establecer lazos con un pueblo, el kurdo, que sueña con la creación de un Estado transfronterizo. El gran Kurdistán, esa “región sin confines” que contemplan los ideólogos del PKK, se extendería a los territorios de Irán, Irak, Turquía y Siria.

Huelga decir que hoy por hoy el único experimento viable es el Kurdistán iraquí o, mejor dicho, la región autónoma de Kurdistán, universo aparte teledirigido por Norteamérica y sus aliados israelíes. Sin embargo, cuando la etnia kurda de Siria decidió convertir la ciudad de Qamishli en “su” capital federal, la respuesta de Washington fue rápida y contundente: “No way” (¡ni se os ocurra!) ¿De veras no way?

En Siria, al igual que en Afganistán, en Irak, en Yemen, el enemigo del enemigo no será, forzosamente, un amigo.

jueves, 4 de mayo de 2017

Rumanía: ¿escudo o diana?


Hace apenas un año, las autoridades rumanas desplegaban grandes esfuerzos para lograr un mayor protagonismo en el seno de la OTAN. Aparentemente, su meta consistía en coordinar, junto con Turquía y Bulgaria, la presencia aéreo-naval de la Alianza Atlántica en el Mar Negro, baluarte de la marina de guerra rusa.

Conviene recordar que la región, antiguo feudo de dos grandes imperios – el zarista y el otomano – se convirtió en una especie de coto de caza cerrado tras la firma, en 1936, de la Convención de Montreux sobre el paso de los estrechos, que asignaba a Turquía el control de los Dardanelos y el Bósforo, regulando y restringiendo el tránsito de los buques de guerra de países no ribereños. La adhesión de Ankara a la OTAN, en 1952, no modificó los datos del problema.

Sin embargo, la situación cambió radicalmente en los últimos años. Tras el desmantelamiento del Pacto de Varsovia, organización militar liderada por Moscú e integrada por sus ex aliados de Europa oriental, barcos de guerra norteamericanos, holandeses y británicos se adentraron en las aguas del Mar Negro, espacio naval codiciado por los estrategas occidentales. Más aún: en la cumbre de la OTAN celebrada en pasado año en Varsovia, se acordó la creación de una flota conjunta de la Alianza, integrada por buques de Bulgaria, Turquía, Ucrania, Georgia y Rumanía. El proyecto no llegó a materializarse. Alegando su condición de país eslavo, Bulgaria descartó la idea de la fuerza naval “anti rusa”. Por su parte, las autoridades de Ankara optaron, tras el fallido golpe de Estado de julio de 2016, por un acercamiento estratégico con Moscú. Rumanía se quedó, pues, con el papel de coordinador del proyecto, pero… sin socios atlantistas.

¿Sin socios? Los rotativos rumanos se hicieron eco, recientemente, de la celebración de “gigantescas” maniobras de la OTAN en el Mar Negro, en las que participaron 40.000 efectivos procedentes de veinte países. El operativo generó reacciones asimétricas. Mientras los militares rumanos se sentían arropados por la presencia de los aliados, los politólogos, más preocupados por la reacción del Kremlin, no dudaron en percibir la amenaza de posibles represalias rusas.

“Tampoco hay que preocuparse sobremanera”, afirman los estrategas bucarestinos, “Rusia tiene otras prioridades, como por ejemplo Ucrania y los países bálticos. Rumanía ocupa el tercer lugar en la lista de contrincantes de Moscú…” Añaden que Rusia tiene bastantes problemas internos, tanto a nivel político como económico, como para contemplar un conflicto abierto con Rumanía.  Además, reconocen que hay otros focos de tensión en el mundo: Corea del Norte, Libia, Yemen, Irán o China, que centran o deberían centrar el interés de Moscú. Los riesgos para Rumanía han de ser limitados si las autoridades adoptan una postura firme, apostando por el “escudo” de la OTAN y la incondicional pertenencia a la Unión Europea. Una reacción ésta más bien infantil, frente al autoritarismo del "zar” Putin o el despotismo del “sultán” Erdogan. 

Obviamente, la preocupación principal deriva de los vecinos inmediatos: Rusia, protagonista de numerosas invasiones a lo largo de la historia; Turquía o, mejor dicho, el Imperio Otomano, ocupante durante siglos.

¿Solución? “Defendernos, para que (los aliados) nos defiendan”. Es decir, incrementar los presupuestos militares, dedicando el 2 por ciento del PIB a gastos para la defensa, tal como lo exige el “gran hermano” transatlántico, no negociar acuerdos fuera del ámbito estricto de la OTAN, respetar el espíritu y la letra de las asociaciones estratégicas avaladas por la Alianza Atlántica. En resumidas cuentas, no tratar de desempeñar el papel de “enfant terrible” que tanto ambicionan los pueblos (y los gobernantes) latinos.

A los paternalistas consejos de los estrategas se suman las inevitables advertencias. ¡Cuidado, el ojo de Moscú nos vigila! Los servicios de inteligencia rusos han intensificado sus actividades en Europa oriental.

De momento, Turquía siegue siendo miembro de la Alianza Atlántica.

Más claro…

lunes, 17 de abril de 2017

Quo Vadis, Turcia? (În limba română)


Decembrie 1978. Plecăm din Teheran spre Marea Caspică. Însoțitorul meu, „domnul deputat”, știa să evite interdicțiile stării de asediu impuse de guvernul Șahului. Imunitatea parlamentară îi garanta accesul liber la rețeaua de drumuri, puternic controlate de armată. 
Aș vrea să vedeți satul meu”, mi-a spus înainte să pornim la drum. Să vedeți un sat exemplar de pescari, un loc liniștit. Nu are nicio legătură cu tensiunea care domină capitala… ”. Dar, odată ajunși în satul lui, a fost surprins să vadă că tinerele țărănci aveau în păr panglici negre, simbolul supunerii față de ayatolahul Khomeini.                                                                        
Ce e asta?”, a întrebat-o pe tânăra zâmbitoare care s-a apropiat să ne salute. „Niciun om normal nu ar purta așa ceva, nepoată. Ce se întâmplă cu voi? V-ați pierdut mințile? După tot ce a făcut Majestatea Sa Imperială pentru voi, pentru noi toți…”. Domnul deputat era incapabil să își stăpânească furia.
Ai dreptate, unchiule. Majestății Sale Imperiale îi datorăm mult. Electricitatea, școala, bursa la Universitate… dar acest om”, spuse ea ținând în mână panglicile negre, „acest om este un Sfânt”. Domnul deputat m-a privit surprins, îndurerat, îngrijorat.
Știți ce se va întâmpla aici?”, a întrebat încet. Îmi imaginez”, i-am răspuns. Șase săptămâni mai târziu, Khomeini se întorcea în Iran. A fost începutul revoluției islamice, primul cutremur care a scuturat din temelii letargia lumii islamice, a somnolentului Occident.
După revolta șiiților a urmat contrarevolta wahabiților. Arabia Saudită a făcut și ea o mișcare. Căpetenia luptei sale se numea… Osama Bin Laden.
Septembrie 1991. În timpul unei plimbări prin centrul Istanbulului, ne întâlnim cu perechi de tineri îmbrăcați elegant. În mod curios, femeile poartă vălul islamic. Ceva surprinzător pentru o țară laică, ce s-a desprins, din 1923, de obiceiurile religioase. Dându-și seama de descumpănirea noastră, ghidul ne explică: „Sunt familii care primesc subvenții. Oameni nevoiași, care primesc ajutor de la partidele religioase…”. „Și în schimb ce trebuie să dea?”, am întrebat. „Nimic, e simplă caritate”, a răspuns ghidul.
Știi ce se va întâmpla aici?”, am întrebat-o pe tânăra avocată spaniolă care mă însoțea. „Îmi imaginez”, a răspuns. Patru ani mai târziu, Partidul Bunăstării (Refah), grupare cu tendință islamistă condusă de Nicmettin Erbakan, câștiga alegerile generale turce. Guvernul lui Erbakan a încercat că deschidă calea spre modificarea treptată a structurilor statului laic fondat de Mustafá Kemál Atatürk. Experimentul a durat doardoi ani; în 1997, Refah a fost dizolvat de „grupurile de presiune” care comandau destinele țării.
Pe atunci, un tânăr militant islamic, Taiyep Recep Erdogan, avea funcția de primar al Istanbulului. În 1998, justiția țării otomane l-a decăzut pe viață din dreptul de a fi ales pentru că a recitat public versurile poetului național Ziya Gökalp: «Moscheele sunt cazărmile noastre, cupolele sunt căștile noastre, minaretele sunt baionetele noastre și credincioșii, soldații noștri. Allah e mare, Allah e mare».
Aparent, judecătorul însărcinat cu anchetarea „cazului Erdogan”, Vural Savas, găsise indicii de infracțiune împotriva esenței statului turc. După patru ani, în 2002, când Partidul Justiției și Dezvoltării (APK), fondat și condus de însuși Erdogan, a obținut o victorie covârșitoare la alegeri, liderul său nu a fost autorizat să preia funcția de prim-ministru. A trebuit să aștepte câteva luni pentru a câștiga suspendarea condamnării „definitive” impuse de tribunale.
De la preluarea puterii, Erdogan a făcut tot posibilul să aplice programul politic al patidului său, rezumat în campania electorală la câteva cuvinte: remusulmanizarea Turciei și islamizarea diasporei.
APK s-a lansat în campania de cucerire a a trei ministere cheie: Internele, Justiția și Educația. Ofensiva ideologică conta pe sprijinul clericului Fetullah Gülen, liderul mișcării Cemaat, autoexiliat în Statele Unite. La scurt timp a început să se vorbească despre un nou concept socio-politic: neo-otomanismul. Întoarcerea la valorile islamice? Sfârșitul kemalismului? Răspunsurile sunt/au fost foarte opace.
Erdogan a încercat în mai multe ocazii (2011, 2015) să recurgă la Parlament pentru a schimba Constituția. Obiectivul său: abandonarea sistemului parlamentar introdus acum 95 de ani de Atatürk pentru a transforma țara într-o republică prezidențială. Nu ar fi un experiment nou pentru că îl găsim în Franța, Statele Unite sau Mexic. Eficiența lui depinde, evident, de mecanismele de control existente.
Cele 18 amendamente aprobate la sfârșitul săptămânii trecute de alegătorii turci implică: dispariția funcției de prim-ministru și înlocuirea acesteia cu mai mulți vicepreședinți numiți de Președinție (a se citi Erdogan). Parlamentarii nu vor putea controla activitatea ministerelor; dispar moțiunile de cenzură (votul de neîncredere); președintele va putea milita într-o formațiune politică, chestiune pe care legislația actuală nu o permite. Numărul deputaților va crește de la 550 la 600. Parlamentarii vor putea să îl destituie pe președinte. Dispar tribunalele militare acuzate de Erdogan de complicitate cu oficialii complotiști. Președintele va numi patru din cei 13 judecatori ai Tribunalului Suprem.
În fine, dar nu mai puțin important: Erdogan ar putea câștiga încă două mandate prezidențiale, ceea ce îi va permite să stea la putere până în 2029.
Relațiile cu Uniunea Europeană, marcate de o deteriorare fără precedent în ultimele luni și, concret, după încercarea de (auto)lovitură de stat din iulie 2016, ar putea fi reduse la minim. Neo-otomanismul își îndreaptă privirile spre alte latitudini. Asia? Rusia?
Aroganța și abuzul de putere ale lui Erdogan nu îi deranjează deloc pe noii săi prieteni și aliați moscoviți. Nu îi deranjează nici represiunile declanșate împotriva presupușilor susținători ai „trădătorului”, acum, Fetullah Gülen: militari, polițiști, judecători, profesori universitari, jurnaliști. Lista victimelor represaliilor este foarte lungă; prea lungă…
Pe scurt, Erdogan va avea, începând de acum, puteri depline. Quo vadis, Turcia? Quo vadis, aliată loială a NATO, candidată răbdătoare la integrarea în deja slăbita Uniune Europeană?

Quo vadis, Turquía?



Diciembre de 1978. Salimos de Teherán rumbo al Mar Caspio. Mi acompañante, el “señor diputado”, sabía sortear el toque de queda impuesto por el Gobierno del Sha. La inmunidad parlamentaria que le garantizaba libre acceso a la red vial estrechamente controlada por el ejército. “Quiero que visite mi pueblo”, me dijo antes de emprender el viaje. “Que conozca una aldea de pescadores modélica, un lugar tranquilo. Nada que ver con la tensión que reina en la capital…” Pero al llegar a su aldea, se sorprendió al comprobar que las jóvenes campesinas llevaban en el pelo lacitos de color negro, símbolo de sumisión al ayatolá Jomeyni. 

“¿Qué es esto?” le preguntó a la sonriente muchacha que se acercó a saludarnos. “Nadie en su sano juicio llevaría esto, sobrina. ¿Qué os pasa? ¿Os habéis vuelto locas? Con todo lo que hizo su Majestad Imperial por vosotras, por todos nosotros…” El señor diputado no lograba contener su rabia.

“Tiene usted razón, tío. A su Majestad Imperial le debemos mucho. La electricidad, el colegio, la beca en la Universidad… Mas este hombre, dijo al sujetar los lacitos de color negro, este hombre es un Santo”.  El señor diputado me miró sorprendido, apenado, preocupado. “¿Sabe usted qué pasará aquí?”, preguntó en voz baja “Me imagino”, respondí. Seis semanas más tarde, Jomeyni regresaba a Irán. Fue el comienzo de la revolución islámica, primer terremoto que sacudió los cimientos del aletargado mundo islámico, del soñoliento Occidente. A la revuelta de los chiitas le siguió la contrarrevolución de los wahabitas. Arabia Saudita movió a su vez ficha. El adalid de su combate se llamaba… Osama Bin Laden. 

Septiembre de 1991. Durante un paseo por el centro de Estambul, encontramos parejas de jóvenes elegantemente vestidos. Curiosamente, las mujeres llevan el pañuelo islámico. Algo sorprendente en un país laico, que se había desembarazado, desde 1923, de las costumbres religiosas. Al apercibir nuestro desconcierto, el guía nos explica: “Son las familias subvencionadas. Gente necesitada, que recibe ayuda de los partidos religiosos…” “¿Y la contrapartida?” pregunté. “No hay contrapartida; es mera caridad”, respondió el guía. 

“¿Sabes qué pasará aquí?”, pregunté a la joven abogada española que me acompañaba. “Me imagino”, contestó.  Cuatro años más tarde, el Partido del Bienestar (Refah), agrupación de corte islamista liderada por Nicmettin Erbakan, se alzaba con la victoria en las elecciones generales turcas. El Gobierno de Erbakan trató de abrir la vía hacia la modificación paulatina de las estructuras del Estado laico fundado por Mustafá Kemál Atatürk. El experimento duró apenas dos años; en 1997, el Refah fue disuelto e ilegalizado por los “poderes fácticos” que regían los destinos del país.

En aquella época, un joven militante islámico, Taiyep Recep Erdogan, ostentaba el cargo de alcalde de Estambul. En 1998, la Justicia del país otomano le inhabilitó de por vida por haber recitado públicamente los versos del poeta nacional Ziya Gökalp: «Las mezquitas son nuestros cuarteles, las cúpulas nuestros cascos, los minaretes, nuestras bayonetas y los creyentes, nuestros soldados. Alá es grande, Alá es grande». Aparentemente, el juez instructor encargado del “caso Erdogan”, Vural Savas, había encontrado indicios de delito contra la esencia del Estado turco.  Cuatro años más tarde, en 2002, cuando el Partido de la Justicia y el Desarrollo (APK), fundado y liderado por el propio Erdogan, obtuvo una aplastante victoria en las elecciones, su líder no fue autorizado a asumir el cargo de Primer Ministro. Hubo que esperar unos meses para lograr la suspensión de la condena “firme” impuesta por los tribunales.

Desde su llegada al poder, Erdogan no regateó esfuerzos a la hora de aplicar el programa político de su partido, resumido durante la campaña electoral en pocas palabras: remusulmanizar Turquíaislamizar la diáspora. 
El APK se lanzó a la conquista de tres ministerios clave: Interior, Justicia y Educación. La ofensiva ideológica contaba con el apoyo del clérigo Fetullah Gülen, líder del movimiento Cemaat, autoexiliado en los Estados Unidos. Pronto empezó a hablarse de un nuevo concepto sociopolítico: el neo-otomanismo. ¿La vuelta a los valores islámicos? ¿El final del kemalismo?  Las respuestas son/han sido muy opacas. 

Erdogan intentó en varias ocasiones (2011, 2015) recurrir al Parlamento para modificar la Constitución. Su objetivo: abandonar el sistema parlamentario introducido hace 95 años por Atatürk para convertir el país en una República presidencialista. No sería un experimento novedoso: lo encontramos también en Francia, Estados Unidos y Méjico. Su eficacia depende, claro está, de los mecanismos de control existentes.

Las 18 enmiendas aprobadas este fin de semana por los electores turcos implican: la desaparición del cargo de Primer Ministro; la sustitución de éste por varios vicepresidentes nombrados por la Presidencia (léase, Erdogan). Los parlamentarios no podrán supervisar la labor de los Ministerios; desaparecerán las mociones de censura (voto de no confianza); el Presidente podrá militar en un partido político; la legislación actual no lo permite. El número de diputados pasará de 550 a 600. Los parlamentarios podrán cesar al Presidente. Desaparecerán los tribunales militares, acusados por Erdogan de connivencia con oficiales golpistas. El Presidente nombrará a cuatro de los 13 jueces del Tribunal Supremo. Por último, aunque no menos importante: Erdogan podría obtener otros dos mandatos presidenciales, lo que le permitiría gobernar hasta 2029. 

Las relaciones con la Unión Europea, que han registrado un innegable deterioro en los últimos meses y, concretamente, después del intento de (auto)golpe de Estado de julio del 2016, podrían quedar reducidas en su más mínima expresión. El neo-otomanismo dirige sus miradas hacia otras latitudes. ¿Asia? ¿Rusia?

La arrogancia y el autoritarismo de Erdogan no molesta en absoluto a sus nuevos amigos y aliados moscovitas. Como tampoco les molesta la represión desatada contra los supuestos seguidores del ahora “traidor” Fetullah Gülen: militares, policías, jueces, catedráticos, periodistas. La lista de los represaliados es muy larga; demasiado larga…

En resumidas cuentas, Erdogan tendrá a partir de ahora plenos poderes. Quo vadis, Turquía?  Quo vadis, fiel aliada de la OTAN, paciente candidata al ingreso en la ya debilitada Unión Europea?