viernes, 16 de septiembre de 2016

El despertar del oso ruso


Tenemos un nuevo enemigo. El enemigo está en el Sur; es el Islam. Eran palabras de un flamante ministro de defensa de la OTAN. Una declaración directa, contundente, inequívoca, acorde con la retórica del comandante en jefe de la Alianza Atlántica en el Viejo Continente, quien no dudaba en identificar el integrismo islámico, la inmigración procedente del Norte de África y el terrorismo como factores de inestabilidad en el Mediterráneo.

Sucedió allá, por los años 90 del pasado siglo, tras la caída del Muro de Berlín y el desmembramiento del imperio soviético. Occidente buscaba un contrincante, una amenaza susceptible de sustituir al desarmado oso ruso, la pesadilla de la Guerra Fría, el fantasma cuyo parte de defunción habían firmado, tal vez precipitadamente, Washington y Bruselas. Sin embargo, el oso ruso seguía vivo; sólo había entrado en una larga fase de hibernación.

De todos modos, Occidente optó por centrar sus baterías en el combate contra el peligro verde (léase, color Islam), descuidando aparentemente el proceso de decadencia del adversario moscovita.

Pero las apariencias engañan. Mientras a la opinión pública se le proporcionaba continuamente el serial televisivo Al Qaeda – Bin Laden – Saddam Hussein – Irán – Estado Islámico, ideado, financiado y promovido por los poderes fácticos del mundo occidental y sus moderados aliados musulmanes, los comandos especiales del pensamiento atlantista se dedicaban a colocar cargas explosivas en Ucrania, Georgia y Moldova, territorios situados en los confines de Rusia. No se trataba, en realidad, de un trabajo de francotiradores; todo formaba parte de la operación tenazas, un plan de choque destinado a poner cerco a la frontera occidental del antiguo imperio de los zares. La progresión continuó hasta el año 2014, cuando el Gobierno pro ruso de Kiev fue derrocado por las fuerzas democráticas apoyadas por Washington y Berlín. Moscú reaccionó, enviando tropas al Este de Ucrania. El inesperado movimiento del Kremlin provocó la ira de la Unión Europea, empeñada en denunciar la flagrante violación del Derecho internacional. Tres semanas después, la península de Crimea y la ciudad de Sebastopol proclamaron su independencia de Ucrania y la integración, acto seguido, a Rusia. ¡El oso se había despertado!

Lo que siguió después es harto conocido: acercamiento de Moscú a Pekín, reactivación de la alianza BRICS, asociación de los principales economías emergentes de Asia, África y América Latina, cooperación tecnológica y estratégica de Rusia con Irán, Paquistán y… Turquía y abandono progresivo del dólar (y del euro)  como moneda de referencia. Sin olvidar, claro está, la creciente presencia militar rusa en Siria, así como una serie de maniobras militares, calificadas de ofensivas por los estrategas de la OTAN. Nosotros no mandamos brigadas de carros de combate a la frontera con los Estados Unidos, replica Vladimir Putin.

Hace meses, advertíamos sobre el inminente reinicio de la Guerra Fría. Los síntomas no engañan. Recientemente, el rotativo Washington Post señalaba que los servicios de inteligencia estadounidenses desvían un 10 por ciento de los fondos destinados a la lucha contra el terrorismo para recabar información sobre Rusia. Sus prioridades: incrementar el número de agentes en Europa oriental, vigilar los sistemas de satélite, neutralizar el espionaje cibernético. De hecho, el tema del espionaje ruso centró la campaña presidencial  de Hillary Clinton y Donald Trump. Con argumentos rocambolescos, eso sí, dignos de las películas de espías producidas en Hollywood a mediados del siglo pasado.  Una época en la que, recordémoslo, más del 40 por ciento del personal de los servicios de inteligencia estadounidenses se dedicaba a vigilar al mundo soviético.

Estiman los analistas norteamericanos que en la actualidad la agencia de información exterior rusa, SVR, heredera de la KGB,  cuenta con alrededor de 150 agentes en los Estados Unidos. Los espías rusos están presentes en Washington, Nueva York, San Francisco y otras grandes urbes. Por su parte, la CIA tiene varias decenas de agentes en Rusia y también menos de un centenar en Europa oriental y los países bálticos. Pocos, según los medios de comunicación estadounidenses, para afrontar la arrogancia del oso Putin.

Subsiste el interrogante: ¿espionaje o espionítis? Tal vez la respuesta sea: Guerra Fría... algo recalentada. 

sábado, 10 de septiembre de 2016

Israel: no conviene aniquilar al Estado Islámico


Destacamentos del Estado Islámico localizados en el valle del Yarmuk, a pocos kilómetros de los Altos del Golán. La noticia, difundida hace apenas unos días por la segunda cadena de televisión israelí, hizo saltar las alarmas. ¿El Estado Islámico? ¿Iba a convertirse la quimera que se había adueñado de la mitad del suelo sirio y el Norte de Irak en un peligro real para el Estado judío? Aparentemente, disponen de carros de combate, artillería pesada y… ¡armas químicas!, advierte la inteligencia militar hebrea, que vigila desde hace meses a los simpatizantes sirios del EI. Todo deja presagiar un ataque relámpago contra Israel.

La amenaza no llegó a materializarse, pero la alerta subsiste, tornándose en una auténtica pesadilla para los pobladores de los asentamientos judíos de los Altos del Golán.  Detalle interesante: hasta los primeros días de septiembre, a la población israelí no le inquietaba sobremanera la presencia del Estado Islámico en la región. Es cierto: las sanguinarias huestes del EI se hallaban en el país vecino. Los asesinatos y la destrucción en nombre del Profeta formaban parte del menú televisivo de los habitantes de Tel Aviv, Haifa o Jerusalén. Pero Siria quedaba lejos, al menos, mentalmente. Lo que sucede más allá de los confines de Israel nada tiene que ver con la seguridad armada que ampara a los más de seis millones de judíos que viven en Tierra Santa.  En ese contexto, surgió el dubitativo interrogante: ¿acabar con el Estado Islámico? ¿Para qué?

Fue ésta una de las preguntas que se plantearon recientemente los politólogos y los estrategas de Tel Aviv, más preocupados por la amenaza iraní o el peligro que supone la presencia de Hezbollah en la frontera con el Líbano. De ahí el extraño mensaje lanzado hace menos de un  mes por el afamado estratega Efraim Imbar, director del Centro de Estudios Estratégicos Begin-Sadat (BESA), entidad que realiza trabajos de consultoría tanto para el Gobierno israelí como para la OTAN. No hay que acabar con el EI; la agrupación podría convertirse en un arma eficaz en la lucha contra Irán, Hezbollah, Siria y Rusia, señala el minucioso informe elaborado por Imbar.

Como siempre, la percepción israelí dista del paradigma estadounidense. Para el Gobierno de Tel Aviv, el principal adversario sigue siendo el Irán de los ayatolás, país que ha inscrito en sus programas de Gobierno la destrucción total de la entidad sionista. Fue esta una de las prioridades absolutas de la revolución jomeynista, uno de los mantras de los sucesores del  ayatolá. Ello explica la reticencia de Israel ante el levantamiento de las sanciones económicas y tecnológicas impuestas al régimen de Teherán, su obsesión por llevar a cabo un ataque relámpago contra las instalaciones nucleares iraníes.

Hezbollah, el brazo armado de Teherán en el Líbano, es otro contrincante que debería desaparecer. En 2006, el ejército israelí perdió la guerra contra el movimiento chiíta, armado y adiestrado por militares de élite persas. De ahí la necesidad de encargar esta tarea a… terceros. Y, ¿quién sino los wahabitas del Estado Islámico?  

El indiscutible poderío del ejército sirio fue, durante décadas, la mayor preocupación del Estado Mayor de Tel Aviv. Los dos ejércitos jamás chocaron; ambas partes temían las repercusiones de un posible enfrentamiento armado. En este caso concreto, los estrategas hebreos preferirían recurrir, una vez más, a un combate entre musulmanes.

¿Y Rusia? Obviamente, para los estrategas israelíes conviene mantener a los rusos alejados de la región. Su influencia podría contrariar los proyectos hebreos en la zona. Pero si los rusos tienen que afrontar el peligro islámico en casa, es decir, en el vasto territorio asiático, su margen de maniobra en la región sería más limitado. De ahí el deseo de contar con los supervivientes del EI. De hecho, la estrategia de enfrentar a los enemigos surtió efecto durante el conflicto de Afganistán. ¿Acaso Norteamérica no firmó la partida de nacimiento de Al Qaeda? De la misma manera, Israel patrocinó, hace dos décadas, la creación de Hamas, agrupación religiosa conservadora que debía neutralizar a la laica OLP. Pero en este caso, el error de cálculo tuvo consecuencias desastrosas. 

Por muy disparatada que pueda parecer, la propuesta de Efraim Imbar no es nada novedosa. En 1957, el Presidente Eisenhower recomendó a la CIA la creación en Oriente Medio de movimientos religiosos defensores de la guerra santa llamados a combatir a las incipientes corrientes izquierdistas. En resumidas cuentas, lo que se pretende es convertir al Estado Islámico en el… tonto útil de Occidente. 

domingo, 21 de agosto de 2016

Rumorología nuclear


Tras el fallido golpe de Estado de Turquía del pasado mes de julio, Norteamérica trasladó a Rumanía los artefactos nucleares almacenados en la base aérea de Incirlik. La noticia, facilitada el pasado fin de semana por la publicación electrónica EurActiv, provocó reacciones en cadena en Bucarest. ¿Escándalo político sin precedentes? ¿Episodio de una ciberguerra llevada a cabo por una potencia regional? ¿Simple tormenta en un vaso de agua? En realidad, poco importa. Lo cierto es que políticos, militares, periodistas y analistas de toda índole aprovecharon la oportunidad para enzarzarse en un interminable debate sobre la soberanía nacional y la seguridad del país carpático, convertido – tras la visita del Presidente Erdogan a Rusia - en uno de los baluartes atlantistas en la región.
La verdad sea dicha, la idea de almacenar ojivas nucleares en suelo rumano no parece ser del agrado de los habitantes de este país. Con razón: durante su pertenencia al Pacto de Varsovia – agrupación estratégica de los países del Este liderada por Moscú – Rumanía se negó a albergar las instalaciones del sistema balístico soviético. Bucarest había firmado y ratificado el Tratado de No Proliferación de Armas Nucleares (TNP), que prohíbe el estacionamiento de armas atómicas en el suelo de las Partes Contratantes. Mas ¿se puede hablar de una violación flagrante del TNP en el caso de los aliados de la OTAN?
Conviene volver a la fuente; a la información publicada por EurActiv, portal especializado en noticias y comentarios sobre la UE y la Alianza Atlántica. Sus redactores suelen utilizar fuentes fidedignas, tanto comunitarias como estadounidenses. En la mayoría de los casos, la veracidad de la información está avalada por la acción institucional de Bruselas o por las medidas adoptadas por los Gobiernos de la Unión.
En el caso de los artefactos nucleares de Incirlik, los autores del informe aseguran haber consultado dos fuentes distintas que corroboran la versión: Norteamérica está trasladando parte del arsenal atómico de la base turca, concretamente, bombas de hidrógeno B61, a las recién inauguradas instalaciones de Deveselu, que albergan uno de los eslabones clave del escudo antimisiles.
Para los estrategas rumanos, el informe forma parte de una enorme manipulación, basada en un gigantesco embuste. Deveselu no tiene capacidad de almacenamiento suficiente. Habitualmente, las armas nucleares necesitan silos especiales, con muros de un grosor determinado e instalaciones de aire acondicionado. Pero la base rumana no cuenta con instalaciones idóneas.
Otra opción sería el aeropuerto militar de Constanza que, hoy por hoy, carece de estructuras adecuadas. Huelga decir que, en ambos casos, los habitantes no han notado movimientos inhabituales.
Tanto el Ministro de Defensa rumano como el portavoz de la Cancillería desmienten rotundamente las informaciones de EurActiv. Meras especulaciones, afirman, campaña de desestabilización a escala internacional, destinada a fomentar el deterioro de la imagen del país. Sin embargo, los rumanos recuerdan que en el caso de las cárceles secretas de la CIA, el Gobierno de Bucarest fue incapaz de ofrecer una versión creíble y coherente. La opinión pública sigue esperando una explicación.
Norteamérica es consciente de haber perdido (el control de) Turquía; el país se ha cambiado de bando, está en el campo de Rusia,  afirma el periodista Georgui Gotev, uno de los autores del informe, quien asegura que el “affaire” de las armas nucleares podría considerarse irrelevante comparado con los espectaculares cambios geoestratégicos que se están avecinando en el Sudeste europeo y el Cáucaso.
De todos modos, conviene recordar el secretismo que rodea las actividades del ejército y los servicios de información estadounidenses en la región. Un ejemplo: el supuestamente inseguro personal civil o militar de la base aérea de la OTAN de Incirlik  jamás tuvo acceso a las instalaciones ultrasecretas (¡nucleares!), custodiadas constantemente por vigilantes transatlánticos.
Las respuestas a la incógnita de Develesu habrá que buscarlas, pues, en… Washington.   

viernes, 19 de agosto de 2016

El Imperio contraataca


El Presidente rumano, Klaus Iohannis, estaba solo en la celebración del Día de la Armada, que tuvo lugar recientemente en el puerto de Constanta. Iohannis, antiguo inspector de educación, decidió entremezclarse con un grupo de jóvenes exploradores, exultantes ante la exhibición cuidadosamente preparada por las unidades navales presentes en revista. Solo el estadista parecía preocupado. Con razón; la última cumbre de la Alianza Atlántica le había encargado la coordinación de un proyecto de gran envergadura: la creación de una Fuerza Naval de la OTAN en el Mar Negro. En dicho proyecto, criticado de antemano por Moscú, sólo podían participar buques de guerra de los países ribereños miembros de la Alianza: Rumanía, Bulgaria y Turquía; los tratados de seguridad firmados tras el desmantelamiento del Pacto de Varsovia prohíben la presencia de navíos de la OTAN en el Mar Negro.

Sin embargo, parece que el proyecto atlantista nació muerto. Bulgaria, que permanece fiel al concepto de paneslavismo (solidaridad de los países eslavos de los Balcanes y Europa oriental), se niega a formar parte de una agrupación militar cuyo común enemigo sería… Rusia. Los recientes acontecimientos de Turquía y el subsiguiente acercamiento entre Ankara y Moscú hacen suponer que la iniciativa quedará relegada a las… calendas turcas. Aun así, el Kremlin encontró razones para criticar la instalación en suelo rumano de una gran base estadounidense que alberga un eslabón del llamado escudo antimisiles. Tras la cumbre de la OTAN celebrada en Varsovia, el portavoz del Ministerio ruso de Asuntos Exteriores afirmó rotundamente: Volvemos a la Guerra Fría.

Curiosamente, los atlantistas de las orillas del Mar Negro comparten este punto de vista. Mas ello, por razones diametralmente opuestas. En las capitales del sudeste europeo causó una gran preocupación la reciente instalación de misiles S-400 en la península de Crimea, así como la decisión del Kremlin de dedicar unos 2.000 millones de euros a la modernización de la Fuerza Naval rusa, que tiene su cuartel general en Sebastopol. A ello se suman las amenazas del Primer Ministro ruso, Dimitri Medvedev, a las autoridades de Kiev, acusadas de haber enviado comandos de saboteadores a Crimea. Para rizar el rizo, Vladimir Putin presidió una reunión extraordinaria del Consejo de Seguridad de Rusia en Crimea, territorio recién conquistado por Moscú. ¿Política de hechos consumados? Qué duda cabe.

Pero hay más; a las maniobras de Crimea y la llamada guerra híbrida de Ucrania se suma la nueva ofensiva asiática de la Federación Rusa. A la aproximación entre Moscú y Ankara es preciso añadir otro dato, no menos relevante. Se trata del inesperado acuerdo con Teherán, que permite a la aviación militar rusa utilizar las instalaciones estratégicas persas para las incursiones contra los baluartes del Estado Islámico en Siria e Irak. El Kremlin vuelve, pues, a la zona, con más fuerza y determinación que nunca. Aviso a los navegantes y, ante todo, a quienes se dedicaron a enturbiar las aguas del mundo musulmán.

La presencia cada vez más agresiva de Rusia en el escenario internacional no se limita, sin embargo, al reforzamiento de su poderío militar.  En efecto, durante la primera quincena de agosto, los dirigentes de Azerbaiyán, Irán y Rusia acordaron sentar las bases para la puesta en marcha del  Pasillo de Transporte Norte-Sur, proyecto de transporte de mercancías entre Rusia y la India, que implica un espectacular ahorro de tiempo y costes para las partes interesadas. Al evitar el paso por el Canal de Suez, el viaje pasa de 40 a 16 días, mientras que los fletes acusan una disminución del orden de 35 por ciento.  El pasillo está integrado por un enlace por ferrocarril, una red de carreteras y una ruta marítima de alrededor de 7.200 kilómetros.

Todo ello forma parte de una ambiciosa iniciativa geoestratégica ideada y liderada por Moscú y Pekín, que pretende convertir la región de Eurasia en el pivote del mundo.

Quien controle Europa del Este, dominará el pivote del mundo. Quien controle el pivote del mundo, dominará el mundo, afirmaba a principio del siglo pasado el politólogo inglés Halford John Mackinder. Pues eso: las cosas claras. La Alianza Atlántica trata de ganar terreno en el Viejo Continente, acercándose cada vez más hacia los confines de la Madre Rusia; el Imperio del zar Putin contraataca.

jueves, 11 de agosto de 2016

Putin y Erdogan sellan las paces: ¿una nueva alianza estratégica?


Se rumorea que una advertencia de última hora de los servicios de inteligencia rusos salvó la vida del Presidente Erdogan durante la intentona golpista del 15 al 16 de julio. La noticia no ha sido confirmada por las autoridades de Ankara. El propio Erdogan – sultán de un país moderno recientemente islamizado – se limitó a confesar que la información acerca de golpe se la había facilitado… ¡su cuñado! Algo así como el no menos irracional “me he enterado por la prensa” que puso de moda un afamado Presidente de Gobierno español.

Pero en Oriente todo es posible. Lo irreal se convierte en concreto; lo metafórico, en material. Un ejemplo: el 24 de noviembre del pasado año, un avión del Ejército del Aire turco derribó un caza bombardero ruso en la frontera con Siria. El incidente desencadenó una crisis sin precedentes: Moscú decretó sanciones contra Turquía; las relaciones económicas e industriales quedaron congeladas, el turismo ruso, totalmente interrumpido. No era un asunto baladí: el país otomano recibía anualmente alrededor de dos millones de visitantes rusos. También quedaba en suspense el proyecto del gaseoducto TurkStream, que contempla el envío de 31.500 millones de metros cúbicos de gas natural a Occidente a través del territorio turco, así como la construcción de la central nuclear de Akkyu, una inversión de varios miles de millones de dólares.

Pero en Oriente todo el posible. El sultán Erdogan pidió disculpas y el zar Putin las aceptó.  Sólo faltaba un buen apretón de mano para sellar las paces, para anunciar el inicio de una “nueva etapa” en las relaciones ruso-turcas. El acercamiento pudo lograrse merced a la intervención discreta de los estadistas caucásicos: el presidente de Kazajistán, Nursultan Nazarbaev, y su homólogo de Daguestán, Ramazan Abdulatipov. Ambos tenían contactos directos con Ankara y Moscú. El 24 de junio, el asesor de política exterior el Kremlin recibió una misiva de Ankara, en la que Recep Tayyip Erdogan no sólo lamentaba el incidente del 24 de noviembre, sino que pedía disculpas al dueño del Kremlin. La carta se publicó unos días más tarde, el 27 de junio, en las dos capitales, abriendo la vía a la reconciliación. De hecho, tras el reciente encuentro de San Petersburgo, las aguas volvieron a sus cauces. Las dos partes anunciaron la revitalización de la cooperación económica y comercial. 
  
Y como en Oriente todo es posible, hace apenas unas horas se supo que los pilotos turcos involucrados en el derribo del caza ruso fueron detenidos por la autoridad militar. Se sospecha que pertenecen a una célula “gülenista” y que el operativo estaba destinado a “desestabilizar las relaciones entre Turquía y Rusia”.  Pues sí; sólo faltaba en este rocambolesco libreto el clérigo Fetullah Gülen, cerebro oculto del golpe y responsable de todos los males que afectan actualmente a Turquía.

Fetullah Gülen, del que hablaremos en otra ocasión, reside en los Estados Unidos desde 1999. Se refugió en Pensilvania cuando la justicia turca abrió una investigación relativa a las finanzas de su imponente telaraña de empresas “Hizmet”. Desde el fracaso de la intentona golpista, alrededor de 60.000 personas – militares, policías, jueces, funcionarios públicos, catedráticos y periodistas – fueron detenidas o separadas de sus respectivos cargos bajo sospecha de pertenecer a la “maléfica” red de Gülen, organización que la prensa pro gubernamental turca acusa de emplear símbolos masónicos o satanistas, de difundir el ideario de los Illuminati y… de estar sometida al control de la CIA y del FBI. En ese contexto, no hay que extrañarse si las autoridades decidan poner en cuarentena la base aérea de Incirlik, donde supuestamente se entrenaron algunos golpistas. Sin embargo, al tratarse de la mayor instalación militar utilizada por la OTAN en la guerra contra en Estado Islámico, cabría preguntarse: ¿llegará a tachar el sultán de Ankara a  Norteamérica de… Gran Satán? Es cierto: estamos en Oriente, pero hoy por hoy ello parece poco probable.

Sin embargo, muchos analistas políticos de la zona especulan con la posible creación de un eje estratégico Moscú – Ankara – Teherán, un engendro que favorecería los designios del Kremlin, aunque también de los ayatolás iraníes y… de otros vecinos de la Madre Rusia. Lo importante es – y eso lo ha demostrado en encuentro de San Petersburgo – aprovechar la tensión reinante en las relaciones entre Turquía, Norteamérica y la Unión Europea.

No cabe duda de que la próxima crisis será protagonizada, dentro de pocas semanas, por Ankara y Bruselas.  De aquí a entonces, el sultán contará, muy probablemente, con nuevos aliados. 

lunes, 8 de agosto de 2016

Brexit: Domina Anglia y los nuevos conversos


Pensaban que la prosperidad y el bienestar iban a convertirse en compañeros permanentes de camino, que la senda hacia el ansiado desarrollo económico estaría pavimentada con los miles de millones de euros procedentes de las arcas comunitarias, que el tránsito hacia la economía de mercado apenas supondría algún obstáculo menor, que sus deficientes estructuras sociales iban a experimentar rápidos y benéficos cambios, que el capitalismo – sí, llamémoslo por su nombre – era una especie de panacea universal. En resumidas cuentas, que su pertenencia a la Unión Europea – tardía, pero ¡ay! cuán adecuada – les convertiría en miembros de pleno derecho del “club de los ricos” bruselenses. Atrás quedarían los complejos y la incertidumbre; para los nuevos conversos, los países de Europa Oriental, antiguos aliados de la URSS, el ingreso en la Europa comunitaria suponía una especie de “puesta de largo” con todos los honores. Y así fue, al menos durante los primeros años, antes de descubrir la otra cara de la “señora Europa”: burocracia, corrupción, ineficacia, racismo, xenofobia, populismo. Demasiadas sorpresas para los nuevos conversos, que soñaban con el bucólico paraíso terrenal…

De hecho, no resultó fácil aprender el lenguaje comunitario, interpretar el alambicado estilo de los documentos producidos por los “eurócratas”, cambiar los hábitos, la forma de hablar y de pensar. ¿Ser europeos? Sí, pero… Algo huele a podrido en las escleróticas estructuras de la Unión. El auge la los movimientos de extrema derecha franceses, holandeses, austríacos, el contagio detectado en los países del Este, Hungría y Polonia, recuerdan extrañamente el convulso período interbélico de los años 30, que desembocó en la instauración de regímenes autoritarios. Lo que sucedió después es harto conocido. La guerra, la Segunda Guerra Mundial, fue el resultado lógico (¿es esta la palabra?) de la paranoia de los gobernantes.

Hace exactamente cien años, el ejército rumano se sumó a las huestes que combatían en la primera gran contienda mundial a grito de “viva la guerra”. Hoy en día, la guerra se libra en otras latitudes. Sin embargo, los soldados rumanos, polacos, checos o ucranios están presentes en los escenarios de múltiples conflictos bélicos ideados y/o fomentados por los verdaderos dueños de este mundo. ¿La contrapartida? La presencia de unidades norteamericanas, británicas y alemanas en los confines con Rusia. Aparentemente, para proteger a los aliados del franco oriental de la OTAN, a los nuevos conversos.

Coinciden las grandes maniobras de la Alianza Atlántica con la estrepitosa bofetada que se llevó la “señora Europa”: Brexit, la salida del Reino Unido de la UE. ¿Previsible? Sí, hasta cierto punto. Inglaterra jamás quiso renunciar a sus prerrogativas de antigua gran potencia colonial, la libra esterlina, las intrigas de la City, la relación privilegiada con Norteamérica, la influencia sobre la política de los antiguos miembros de la Commonwealth. 

Si bien para los eurócratas de Bruselas  Brexit es Brexit, un camino sin retorno acompañado por un enfado auténtico o fingido, para los Estados de Europa oriental ello implica una serie de amenazas reales. Actualmente, residen en el Reino Unido un millón y medio de ciudadanos comunitarios procedentes de Europa del Este: húngaros, letones, lituanos, polacos, búlgaros y rumanos. Las remesas enviadas por los polacos ascienden a 1.200 millones de dólares anuales, lo que representa un porcentaje poco elevado para la economía del país. Más dramática es la situación de Letonia, que depende en mayor medida del dinero de los emigrantes.

La sustanciosa reducción de los fondos de desarrollo de la UE tras la retirada del Reino Unido supone otro peligro potencial para las economías de los Estados de Europa oriental, que tendrán que asumir, tarde o temprano, los costes de la retirada de Inglaterra.

Para contrarrestar la innegable hostilidad de las autoridades polacas y húngaras, partidarias del abandono de la Unión tras el portazo de Londres (el mal ejemplo cunde), la diplomacia británica lanzó recientemente una insincera “operación sonrisa”, tratando de persuadir a los nuevos conversos que la salida se efectuará de manera escalonada, sin perjudicar sobremanera los intereses de los países y ciudadanos de Europa oriental.

En resumidas cuentas, si Domina Anglia no duda en desempeñar su consuetudinario papel de Pérfida Albión, los nuevos  conversos tampoco pecan de ingenuos. Son conscientes de que el paraíso terrenal ya no se halla en el Viejo Continente. 

lunes, 18 de julio de 2016

Incógnitas otomanas


Desde hace más de cinco lustros, nos hemos acostumbrado a presenciar guerras, revoluciones y golpes de Estado en directo, en la pequeña pantalla de nuestro televisor. Las imágenes son casi siempre las mismas; los comentarios apenas difieren. Es lo que sucedió el pasado fin de semana con la intentona golpista de Turquía, retransmitida minuciosamente por centenares de cadenas televisivas de todo el mundo. Vimos las mismas escenas en Londres, Atlanta, París, Ankara, Sofía o Bucarest. Idénticos encuadres, aunque preocupaciones distintas.
 
Mientras las autoridades griegas no dudaron en reforzar la vigilancia en los confines con Turquía, los demás países miembros de la OTAN del sureste europeo – Bulgaria y Rumanía – adoptaron una postura titubeante. Tanto Sofía como Bucarest se enorgullecen de tener relaciones privilegiadas con Ankara. Los intereses económicos y culturales del país otomano son omnipresentes; los intercambios comerciales superan a veces el nivel del comercio bilateral con algunos Estados miembros de la UE. De hecho, Turquía se ha convertido en una especie de pivote económico del Mar Negro.

Desde el punto de vista estratégico, la Alianza Atlántica cuenta con la participación activa de la marina de guerra turca en la creación de una fuerza naval atlantista en el Mar Negro, única opción capaz de contrarrestar el poderío marítimo ruso en la zona. La puesta en marcha de este proyecto se decidirá en la próxima reunión ministerial de la OTAN, prevista para el mes de septiembre.

De ahí que nos planteemos un sinfín de interrogantes. ¿Qué pasó en la noche del 15 al 16 de julio? ¿Cuál fue el papel de los servicios de inteligencia de la OTAN a la hora de detectar y/o neutralizar la intentona golpista? ¿Estaban al tanto? ¿Por qué no actuaron? ¿No lo estaban? Más inquietante todavía. Turquía es, como lo indicábamos antes, una potencia regional, uno de los baluartes de la estabilidad estratégica en la extensa región del Cáucaso, el Mar Negro, Oriente Medio, un factor clave en los conflictos de Siria e Irak, un punto estratégico primordial para la ofensiva contra el Estado Islámico. ¿Un golpe de Estado en un país miembro de la OTAN? Aparentemente, ello parece impensable. Y más aún, en un Estado que pertenece a la Alianza desde 1951.

De todos modos, cabe recordar que desde la década de los 60 del pasado siglo, el Ejército turco protagonizó cuatro golpes (1960, 1971, 1980 y 1997). Siempre, para acabar con la “ineficacia” de los políticos. No hay que extrañarse que, desde la victoria electoral del Partido para la Justicia y el Desarrollo (AKP), Erdogan se haya fijado como meta acabar con la influencia del estamento militar en la política.

¿Sólo en la política? Poco se ha hablado de la presencia de los militares en el mundo empresarial, de las entidades que controlan ante todo en la República del Norte de Chipre, que han extendido sus “tentáculos” en el mundo árabe musulmán. Otro Estado dentro del Estado, que Ankara no logra controlar. 

¿Cómo se explica la respuesta popular a los llamamientos lanzados por los miembros del Gobierno de AKP en la noche del 15 al 16 de julio? El Presidente cuenta, indudablemente,  con el apoyo de varios sectores de la población. Sus seguidores proceden, ante todo, del campesinado de las aldeas deprimidas y de los trabajadores no cualificados de los núcleos urbanos, cuyo nivel de vida ha registrado un incremento anual del 3,8 por ciento en la última década. Los detractores de Erdogan provienen mayoritariamente de la clase media y la burguesía, de los círculos intelectuales y/o de negocios, más propensos a defender las estructuras del Estado laico fundado por Mustafá Kemal Atatürk en 1923 y/o de los derechos fundamentales del ser humano. Un país dividido, pues, con conceptos diametralmente opuestos en cuanto a los valores democráticos. Las ciudades miran hacia Occidente; el campo…

La intentona golpista, que algunos intelectuales no dudaron en tachar, al igual que algunos medios de comunicación occidentales, de… “autogolpe” puesto en escena por el propio Erdogan, habrá servido para acentuar la división, para desencadenar purgas masivas en el seno del Ejército (alrededor de 3.000 militares detenidos pocas horas después del fracaso del operativo militar), para la detención de cinco magistrados del Tribunal Supremo, y la separación de su cargo de 2.745 jueces. Sin olvidar, claro está, la rocambolesca solicitud de extradición de los Estados Unidos del clérigo Fetullah Gülen,  dueño de un imperio de instituciones docentes, medios de comunicación y organizaciones benéficas con ramificaciones en el mundo entero, que los analistas no dudan el tildar de “Opus Dei musulmán”.  Al multimillonario Gülen, ex aliado y amigo de Erdogan hasta el 2013, se le acusa de tratar de controlar la prensa, la justicia, la educación y el ejército turcos, objetivos prioritarios de los islamistas e islamizantes del AKP.

Fetullah Gülen, que vive en los Estados Unidos desde 1999, ha negado rotundamente su participación en el intento de Golpe de Estado. Por su parte, el Secretario de Estado John Kerry exigió a las autoridades turcas “pruebas concretas” sobre la hipotética implicación del clérigo en el levantamiento militar.

Toca volver al punto de partida, al golpe del pasado fin de semana y sus consecuencias para el futuro del país otomano. Toca finalizar este breve repaso con más interrogantes que respuestas. Cabe preguntarse: ¿qué hará Erdogan después del forcejeo del 15 – 16 de julio? ¿Buscará el diálogo con la oposición moderada y/o la minoría kurda? ¿Aprovechará esta oportunidad para instaurar un régimen (aún más) autoritario? ¿Modificará la Constitución, introduciendo el sistema presidencialista rechazado por el Parlamento? ¿Reforzará el papel de Turquía en el seno de la OTAN? ¿Apoyará incondicionalmente la ofensiva contra el Estado Islámico? ¿Seguirá buscando la integración de su país en la Unión Europea? ¿Hará las paces con Rusia?

No hay que olvidar que en Turquía, al igual que en los demás países musulmanes, cada gesto tiene una doble, cuando no múltiple lectura.