lunes, 6 de marzo de 2017

Pero, ¿dónde queda Macedonia?


Recuerdo que en mayo de 1976, en vísperas de la primera visita oficial del rey Juan Carlos a los Estados Unidos, el rotativo New York Times publicaba los resultados de un revelador sondeo Gallup sobre el monarca español y el lugar que ocupaba el imperio de Felipe II en el mundo. Me quedé pasmado al comprobar que para muchos norteamericanos España era un paisito situado en la frontera con Colombia.  O tal vez, con Ecuador, poco importa.

Ante mi imaginable asombro, un colega estadounidense me confesó que al presidente francés Valery Giscard d’Estaing lo confundieron con el monarca de un principado situado en los Pirineos.

Me acordé de la supina ignorancia de los norteamericanos hace unas semanas, cuando el congresista Dana Rohrabacher, presidente del subcomité de relaciones exteriores para asuntos europeos, euroasiáticos y… amenazas emergentes de la Cámara de Representantes, descubrió la existencia de un país “inútil” o “inviable”: Macedonia. Según el congresista, ese Estado, creado en la década de los 90, debía... disolverse. La población albanokosovar tenía que integrarse en Kosovo, mientras que la minoría búlgara podía o tal vez debía optar por la ciudadanía búlgara. En resumidas cuentas, había que acabar con esos engendros de finales de la guerra fría, cuya presencia en el mapa del Viejo Continente desconcierta a los legisladores de Washington.

Conviene recordar que en estos momentos los diplomáticos de carrera norteamericanos, autores de excelentes trabajos monográficos sobre desconocidos países lejanos, están recluidos en el Gulag administrativo del Departamento de Estado. Algunos no son de fiar, puesto que trabajaron para la Administración Obama, otros…

Lo cierto es que a la hora de la verdad Donald Trump tiene sus dudas respecto de las relaciones con algunos países de Europa oriental. En el caso concreto de Ucrania, el actual inquilino de la Casa Blanca no sabía si defender la postura de las autoridades de Kiev, que comulgan con el ideario del “mundo libre”, o mantenerse neutral frente a las maniobras diplomáticas del Kremlin. La decisión de Putin de reconocer los pasaportes de los habitantes de la región secesionista controlada por los rusos, puso de manifiesto la necesidad de apoyar a los ucranios. Huelga decir que las agrupaciones políticas de Kiev pidieron al unísono el amparo de Washington. Alguien tuvo que recordarle a Trump que Ucrania, Georgia y Moldova se habían decantado por el paraguas protector de la Alianza Atlántica. Más aún: que sus gobernantes habían solicitado, en su momento, el ingreso en la OTAN.

Ni que decir tiene que tanto el infortunado desliz del copngresista Rohrabacher como la postura bamboleante del Presidente generaron un innegable nerviosismo en las Cancillerías de los países de Europa oriental y, ante todo, de los Estados que se han convertido, en los últimos meses del mandato de Barack Obama, en países de la primera línea de frente, llamados a proteger al “mundo libre” contra la “amenaza” de Rusia. De hecho, algunos analistas políticos europeos llegaron a barajar la posible retirada de los centenares de tanques Abrams, vehículos de combate Bradley y morteros autopropulsados Paladin, trasladados a Polonia, Rumanía y los países bálticos por el flamante Nobel de la Paz.

“No teman nada”, advirtió el actual inquilino de la Casa Blanca a través de su enviado especial, Hoyt Yee, quien recalcó el deseo de la Administración de reforzar el flanco oriental de la Alianza Atlántica.
Aun así, la perspectiva de una modificación de las fronteras del Viejo Continente, de la desaparición de Estados soberanos en caso de conflicto armado, genera una sensación de inseguridad en el seno de la población de algunos países de la zona. ¿Quién me protege en caso de peligro? A esta pregunta, formulada por un equipo de sociólogos de la organización WIN/Gallup, los pobladores de Bulgaria, Grecia, Eslovenia y Turquía, países miembros de la OTAN, se decantaron por… ¡Rusia! Curiosamente, para los búlgaros y los griegos, la principal amenaza proviene de Turquía, socio de la Alianza Atlántica. Por su parte, los rusos contemplan una posible coalición con China. Los rumanos apuestan por el pacto de seguridad con los Estados Unidos, mientras que los ucranios y los bosnios dudan entre la protección de Rusia y el amparo de Estados Unidos.

Todo ello pone de manifiesto la fragilidad del proyecto europeo. Cabe preguntarse si no es esta la verdadera clave de la nueva política exterior estadounidense. En realidad, Donald Trump, el titubeante Trump, parece haber hecho suya la máxima de Julio Cesar y Napoleón: “divide y vencerás”.

martes, 28 de febrero de 2017

“No” – la palabra vedada


Aviso a los navegantes, viajeros, turistas o simples intrusos que tratan de adentrarse en el cada vez más tortuoso laberinto de la política turca: bajo ningún concepto utilicen la palabra “no”. Por muy extraño que ello parezca, en las últimas semanas, la negación se ha convertido en sinónimo de aliado de los terroristas del PKK, simpatizante de los golpistas del 15 de julio de 2016, o seguidor del clérigo Fetullah Gülen, antiguo valedor de Erdogan, que se ha convertido en el enemigo público número uno del régimen de Ankara. Y todo ello, en un ambiente político cada vez más enrarecido, donde las purgas, los ceses de funcionarios públicos, la defenestración de catedráticos  y las detenciones se tornan en una especie de lúgubre “pan nuestro de cada día”. Lejos quedan las rígidas, aunque añoradas estructuras del kemalismo, criticadas tanto por los ultraliberales como por los ultrarradicales. Ambos extremos pedían cambios. Mas el cambio que se está perfilando en el horizonte del país otomano parece más bien inquietante.
Pero vayamos por partes: ¿a qué se debe la negación del “no”, la demonización de esta palabra en el enrevesado vocabulario político turco? Todo parte de una ambiciosa apuesta que el Presidente Erdogan quiere ganar. Se trata de la reforma constitucional impulsada por su formación política, el Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP), cuyo principal objetivo es sustituir el actual sistema parlamentario por un régimen presidencialista, que confiere plenos poderes al Jefe del Estado.
El partido liderado por Erdogan dio el primer paso hacia la reforma de la Carta Magna tras alzarse con la victoria en las elecciones generales de 2011. Sin embargo, el Parlamento logró neutralizar las maniobras del AKP. En 2014, tras la elección de Erdogan en el cargo de Presidente de Turquía, las propuestas de cambio empezaron a proliferar. Algunos de los allegados del Presidente decidieron tirar la toalla. Es el caso del exprimer ministro Ahmet Davutoglu, incondicional aliado y reservado confidente de Erdogan, que dimitió en mayo del pasado año, a raíz de un enfrentamiento sobre la posible, aunque no hipotética supresión del cargo de Jefe de Gobierno. ¿Mero conflicto ideológico?   El porvenir nos lo dirá. Lo cierto es que el proyecto que será sometido a referéndum el próximo día 16 de abril contempla 18 enmiendas constitucionales, que deberían allanar la vía hacia un sistema más rígido (o autoritario) que permitiría a Erdogan mantenerse en el poder hasta 2029.
Huelga decir que esta iniciativa está avalada también por el ultraderechista Partido de Acción Nacionalista (MHP). Aparentemente, la derecha confía que el cúmulo de poderes sería mejor garantía para “poner fin al terrorismo”. Un terrorismo existente o fomentado, según los casos. Cabe recordar que el coqueteo de Ankara con el Estado Islámico ha debilitado las estructuras de las habitualmente temibles servicios de inteligencia turcos.  Las purgas llevadas a cabo después del fracaso de la intentona golpista del pasado mes de  julio han acentuado aún más el malestar. Frente al actual estado de cosas, la derecha ultranacionalista reclama una política de “mano dura”.
Mientras los politólogos barajan las posibles consecuencias de la victoria de un “sí” en el referéndum del mes de abril, ya que el “no” ha desaparecido casi por completo de la publicidad, de la televisión, de las librerías – situación un tanto anacrónica para un país que se reclama moderno y democrático, los analistas financieros centran su interés en el “cansancio” de la economía turca. Los síntomas son a la vez múltiples y preocupantes: disminución del turismo, depreciación de la libra turca, éxodo de las compañías extranjeras, incremento de los aranceles y los impuestos sobre las actividades económicas, aumento de la tasa de paro.
El Gobierno ha optado por jugar la baza de la “seguridad”, fomentado el miedo y la incertidumbre. Malos augurios para un país llamado a… cambiar de rumbo. Pésimos augurios para el comatoso kemalismo.

miércoles, 8 de febrero de 2017

Trump: de la islamofobia al caos


“Viaje a los Estados Unidos mientras todavía se lo permiten”. El anuncio, publicado recientemente por los rotativos de Amman, formaba parte de una agresiva campaña publicitaria de Royal Jordanian, compañía de bandera del reino hachemita, que se adelantaba, en clave de humor, a la orden ejecutiva de la Casa Blanca que prohíbe la entrada en suelo americano a titulares de pasaportes sirios, iraquíes, libios, somalíes, sudaneses, yemenitas e iraníes. Se trata de en los que el empresario-presidente no tiene intereses económicos. La controvertida decisión de Trump no afecta, al menos por ahora, a los ciudadanos de Egipto, Arabia Saudí, Líbano, Emiratos Árabes Unidos, Jordania y Turquía. Aunque la orden ejecutiva haya sido suspendida por un juez estadounidense, la medida abrió viejas heridas. Recordemos que después de los atentados del 11 S el mundo musulmán acusó a la Administración Bush de llevar a cabo una política antiárabe.  Los asesores de la Casa Blanca tuvieron que rectificar: no se trataba de censurar al Islam, sino de condenar la actuación de los “islamistas”. Sin embargo, se les olvidó añadir la palabra “radicales”.

Tanto George W. Bush como Barack Obama trataron de disociar – por razones tal vez diametralmente opuestas - las palabras Islam y terrorismo. El republicano fue aconsejado por sus asesores, vinculados a los intereses de las grandes compañías petrolíferas. Por su parte, Obama pecaba por su incomprensible buenismo, actitud que generó roces con algunos gobernantes árabes. Ninguno de los dos fue capaz de articular propuestas de paz coherentes para Oriente Medio. Ninguno de los dos logró granjearse la simpatía de las partes en el conflicto. ¿Y Donald Trump?

La monarquía saudí, que acogió con satisfacción la llegada del multimillonario a la Casa Blanca, confiando en que Trump dejará de coquetear con el régimen de los ayatolás de Teherán o de apoyar los movimientos revolucionarios mimados por Obama, el Presidente Trump se torna en un aliado bastante molesto. Las conflictivas medidas adoptadas durante los primeros 10 días de su mandato han generado reacciones adversas en el mundo musulmán.

Mientras la Organización de Cooperación Islámica, con sede en la Meca, estima que la ordenanza de Trump afecta de manera injusta a los refugiados, favoreciendo el discurso de los extremistas, partidarios de la violencia terrorista, el monarca saudí, Salman bin Abdul Aziz al Saud, trató de persuadir al inquilino de la Casa Blanca sobre la necesidad de crear “zonas de seguridad” para las poblaciones desplazadas en los confines de Siria y Yemen. En ningún momento se aludió a la posibilidad de acoger refugiados en suelo saudí. ¿Escasez de infraestructuras? No, en absoluto: falta de voluntad política.

El presidente egipcio, Abdel Fattah al Sisi, primer mandatario árabe que felicitó a Trump tras su elección, instó al Presidente norteamericano a reconsiderar la decisión de trasladar la sede de la Embajada de los Estados Unidos en Israel de Tel Aviv a Jerusalén. Idéntico fue el mensaje transmitido por el rey Abdallah II de Jordania, uno de los primeros dignatarios recibidos en la Casa Blanca. Conviene señalar que la monarquía jordana ostenta la custodia de los santos lugares musulmanes jerosolimitanos.

“Inquietud” y “desconfianza” son las palabras que acompañan en discurso de los políticos yemenitas o los nacionalistas kurdos, quienes contaban con el apoyo de Washington para la materialización de su proyecto independentista.

Para el Presidente turco, Recep Tayyip Erdogan, valedor del candidato republicano a la Casa Blanca, el discurso del Empresario-Presidente tiene connotaciones “molestas”. Más directa y sincera ha sido la reacción del Primer Ministro Binali Yildirim, quien criticó abiertamente la iniciativa de Trump de edificar un muro en la frontera con Méjico: “Se puede construir un muro, pero no es esta la solución. Los muros se pueden derribar, al igual que el Muro de Berlín”.

Los palestinos acogieron con estupor el nombramiento de Jared Kushner, yerno de Trump, en el cargo de negociador del proceso de paz con los israelíes. La familia de Kushner, judío ortodoxo, tiene intereses económicos en los territorios ocupados. En esas circunstancias, la objetividad resultaría más que hipotética.

¿Objetividad? La mayoría de los analistas coincide en que la Islamofobia se ha convertido en el eje de la política de Trump contra el terrorismo.  La islamofobia, es decir, el deseo de relacionar forzosamente en Islam con el terrorismo, surge en los círculos conservadores estadounidenses tras los atentados del 11 S.  Basada en el concepto del choque de civilizaciones elaborado por Samuel Huntington, la islamofobia desarrolla la teoría de que la lucha contra el Islam puede implicar la intervención armada, la aplicación de los métodos de lucha elaboradas por Israel, el apoyo a los regímenes autocráticos árabes, la legalización de la tortura, la limitación de la libertad de movimiento de los musulmanes, la limitación de los derechos y libertades fundamentales, que acompañarían  la introducción de medidas “securitatrias” en el mundo occidental.

Conviene recordar que el propio Trump se pronunció, durante la campaña electoral, a favor de la prohibición total del ingreso de los musulmanes en los Estados Unidos, alegando que el Islam es radical y que, a la hora de la verdad, “no sabemos quiénes son los musulmanes que quieren entrar en el país”.

Los asesores del Presidente, Stephen K. Bannon, Michael Flynn, Jeff Sessions, Frank Gaffney, John Bolton, etc. defienden las tesis de Huntington y aplauden las recientes medidas de Trump, que se inscriben, según ellos, en la “larga historia de la civilización judeo-cristiana de lucha contra el Islam”.  Para Flynn, “Occidente, y de manera especial, América, es más civilizada y respeta más los valores éticos y morales”.

“Estamos en guerra; en una guerra global”, asegura Stephen K. Bannon, la eminencia gris de la Casa Blanca, que muchos no dudan en tachar de racista y antisemita.
Para Asma Afsaruddin, profesora de Estudios Islámicos en la Universidad de Indiana y directora del Centro para el Estudio del Islam y la Democracia, las decisiones de Donald Trump son susceptibles de generar un enfrentamiento entre musulmanes y la cultura occidental.

En pocas palabras: el caos está servido. 

jueves, 15 de diciembre de 2016

Populistas de todos los países…


Los “eurócratas” dieron un gran suspiro de alivio al comprobar que el electorado austriaco se decantó, hace apenas unas semanas, por el candidato ecologista independiente a la presidencia de la República, Alexander Van der Bellen. Su contrincante, el derechista Norbert Hofer, estuvo a punto de alzarse con la victoria en la primera vuelta de la consulta, celebrada en el mes de mayo. Sin embargo, el Tribunal Constitucional anuló los resultados de los comicios al detectar irregularidades en el recuento de los votos emitidos por correo.

Pero, ¿qué temían los representantes de las altas instancias comunitarias? Las atribuciones del Presidente de Austria son, al menos aparentemente, bastante limitadas. Mas el Jefe del Estado ostenta también el cargo de comandante el jefe del Ejército. Tiene la prerrogativa de nombrar al Canciller (Primer Ministro) y de disolver el Parlamento. Demasiado poder para un estadista perteneciente a una agrupación radical de extrema derecha como el FPÖ (Partido para la Libertad de Austria), dispuesta a cambiar el rumbo de la política de este país centroeuropeo, que vio nacer el su suelo a Adolfo Hitler y llegó a ser gobernado, allá por los años 80 – 90 del pasado siglo, por el diplomático Kurt Waldheim, acusado de haber cometido crímenes contra la Humanidad durante la Segunda Guerra Mundial. El recuerdo de aquellos episodios convulsos permanecen, tal nubes negras, en la memoria de los austriacos.

El resurgir de la extrema derecha europea, la agresividad de la retórica empleada por sus líderes en el avance hacia las cimas del poder, preocupan tanto a la clase política como a los expertos en ciencias sociales, quienes divisan en la propagación del llamado  populismo un profundo malestar de la ciudadanía. Algunos, como por ejemplo los partidos de izquierdas, achacan el fenómeno a los estragos causados por la crisis económica; otros prefieren recurrir, simplemente, al miedo a la globalización.

Miedo o rechazo, poco importa. Según un estudio realizado recientemente por la fundación alemana Bertelsmann, el electorado europeo prefiere dirigir sus miradas hacia las opciones populistas de derechas, que rechazan cualquier intento globalizador, empezando por la tan cacareada integración europea. La encuesta llevada a cabo por los expertos de la fundación en 28 países de la UE pone de manifiesto que alrededor de la mitad de los europeos – un 45 por ciento - considera que la globalización es perniciosa. Rechazan el fenómeno el 55 por ciento de los austriacos, el 54 por ciento de los franceses, el 39 por ciento de los italianos y los españoles, el 36 por ciento de los británicos. A ellos se suma el 47 por ciento de los húngaros, el 40 por ciento de los holandeses y el 45 por ciento de los alemanes.

Curiosamente, no se trata de una opción ideológica, sino del divorcio entre la sociedad y la clase política tradicional. Estiman los sociólogos alemanes que los factores que inciden en la decisión de los ciudadanos son: la educación, el nivel económico y la edad.

La crisis económica genera, a su vez, una masa de maniobra importante para la extrema derecha europea. Es uno de los argumentos esgrimidos por el 67 por ciento de los votantes del Frente Nacional francés, el 54 por ciento de los afiliados a la Liga Norte italiana, el 49 por ciento de la Alternativa para Alemania (AfD) o el 32 por ciento de los miembros del Partido para la Independencia del Reino Unido (UKIP). 
  
Todos y cada uno reclaman la vuelta a los valores tradicionales, es decir, al nacionalismo aislacionista.

Detalle interesante: los expertos de Bertelsmann no han analizado la otra faceta del fenómeno: el populismo de izquierdas. ¿Por qué será? 

miércoles, 14 de diciembre de 2016

România si geopolitica haosului


“Summitul NATO de la Varșovia a fost un succes pentru România”, afirma, la începutul lui iulie, președintele României, Klaus Iohannis. 
De fapt, șefii de stat și de guvern reuniți în capitala poloneză au discutat posibilitatea de crea o flotă a Alianței în Marea Neagră, fieful forțelor navale rusești. În mod evident, superioritatea în zonă a distrugătoarelor și a fregatelor complexului militar Sevastopol trezea furie la Washington și la Bruxelles. Și mai mult după anexarea peninsulei Crimea la Federația Rusă.
Conducerea NATO a însărcinat România să coordoneze proiectul apărării navale, căreia trebuiau să i se alăture nave de război ale celorlalte țări riverane, membre ale Alianței: Bulgaria și Turcia.
Dar s-a întâmplat ceva de neimaginat până acum: premierul (prooccidental) al Bulgariei, Boiko Borisov, a exclus participarea țării sale la planurile NATO, argumentând că Marea Neagră nu trebuie să fie o scenă pentru acțiuni militare. “Nu vreau un război în Marea Neagră”, a subliniat șeful guvernului bulgar. La rândul său, președintele bulgar, Rosen Plevnielev, a insistat că Bulgaria este o țară pacifică și că politica sa nu țintește pe nimeni. Iată o adevărată durere de cap pentru oficialii de la București, care au fost nevoiți să se resemneze cu pierderea unui posibil partener de coaliție.
Lovitura de grație a venit șase săptămâni mai târziu, la 16 iulie, după lovitura de stat eșuată din Turcia, când președintele Recep Tayyip Erdogan a ridicat privirea către îngerul său de pază moscovit, Vladimir Putin. Proiectul flotei militare lua apă. România rămânea singură în fața ipoteticei amenințări a armatei ruse. Situația, pe care unii au numit-o imposibilă, a obligat aliatul transatlantic să ia poziție pe această tema.
De fapt, în timpul reuniunii așa-numitului Dialog Strategic Româno-American, organizat la Washington la sfârșitul lui septembrie, s-a anunțat crearea, pe teritoriul românesc, a unei brigăzi multinaționale a NATO, compusă din militari ai Alianței și condusă de șefi din armata de la București.
Pentru că Tratatul de la Montreux interzice prezența de nave de război străine – a se înțelege americane, britanice, franceze sau olandeze – în apele Mării Negre, apărarea NATO va trebui să se concentreze pe aprovizionarea cu avioane de luptă și sisteme electronice supraveghere la distanță. România a achiziționat șase aparate F-16 de la Forțele aeriene portugheze; echipamentele de supraveghere electronică vor fi puse la dispoziție de aliatul transatlantic. Dacă proiectul inițial nu a ajuns să fie materializat, soluția găsită în schimb părea… satisfăcătoare.
Totuși, datele problemei s-au schimbat din nou în primele două săptămâni ale lunii noiembrie, după rezultatele (neașteptate?) ale alegerilor prezidențiale americane, bulgare și moldovene. Dacă victoria lui Donald Trump a provocat un adevărat tsunami, care a afectat și afectează toate structurile guvernamentale pe planeta noastră, schimbările înregistrate în urmă cu doar câteva zile la Sofia și Chișinău, unde candidații pro-ruși la președinție s-au impus în fața contracandidaților lor pro-occidentali, îngrijorează în mod deosebit clasa politică românească.
România este paralizată de frică?, se întreabă politicienii din București, semnalând că practic toate țările din regiune – Bulgaria, Cehia, Slovacia, Ungaria, Serbia și Moldova – sunt conduse de polticieni care mențin relații bune cu Kremlinul. România – bastion pro-occidental într-un ocean pro-rus. România – orfană…
Experții în relații internaționale nu își ascund pesimismul. De fapt, se îndoiesc de faptul că președintele ales al Statelor Unite, dornic să îmbunătățească relațiile cu Kremlinul, deteriorate în ultimul mandat al lui Barack Obama, când au primat interesele establishment-ului economic și militar democrat, ar fi interesat în mod real în sprijinirea slăbitului aliat român. Trump nu știe unde e România pe hartă. O să ne lase lui Putin?
Rămâne, deci, dilema: NATO sau Uniunea Europeană? Pentru Iulian Chifu, fost consilier prezidențial de politică externă, răspunsul trebuie să fie negreșit: “de trei ori NATO”. Colegul său, Cozmin Gușă, politolog și strateg, nu împărtășește aceeași opinie. “Trebuie să ne îndreptăm privirea spre Germania lui Frau Merkel, către motorul economiei comunitare. Și amintește că România are avantajul de a avea un șef de stat, Klaus Iohannis, care aparține minorității etnice germane”. O şansă? Un colac de salvare?
Apare întrebarea dacă recent inaugurata geopolitică a haosului, apărută odată cu epoca Trump, este nerăbdătoare să facă primele victime.

viernes, 9 de diciembre de 2016

¿Vuelve el mundo bipolar?


Rusia está preparando un ataque contra Occidente. La apocalíptica advertencia ocupa un destacado lugar en las páginas del semanario estadounidense Newsweek, publicación seria y fidedigna, que no suele hacerse eco de insensatos rumores. En este caso concreto, la revista menciona las declaraciones del general Philip Breedlove, antiguo comandante en jefe de la OTAN en Europa, quien hace hincapié en la necesidad de adjudicar a Rusia el papel de peligro potencial para los Estados Unidos y sus aliados del Viejo Continente, insuficientemente preparados – según él - para repeler una posible intervención militar de Moscú.

Cabe suponer que el general, al igual que muchos excompañeros de armas encuadrados en la cúpula de las empresas de armamento norteamericanas, trata de incidir en las políticas de defensa de los Estados miembros de la OTAN, reprendidos por no incrementar sus respectivos presupuestos militares. Conviene señalar que la maquinaria de propaganda atlantista no escatima esfuerzos a la hora de denunciar la concentración de unidades motorizadas del ejército ruso en la frontera occidental. Se califica a las maniobras aéreas y navales rusas de provocaciones cuando no de amenazas para la integridad territorial de los nuevos socios orientales de la Alianza – Polonia, Rumanía, Bulgaria y los Estados bálticos.  La revista Jane’s, especializada en asuntos de defensa e inteligencia militar, recomienda a los integrantes del flanco Este de la OTAN que modernicen su armamento. Se trata de inversiones del orden de miles de millones de dólares.

Apenas se menciona en los artículos de la prensa occidental la presencia de tropas de la OTAN en los confines de Rusia: aviones de combate, instalaciones del escudo antimisiles, carros blindados provenientes de las bases de Alemania y Holanda, equipos de vigilancia electrónica. Obviamente, la Alianza defiende sus fronteras. Algunos dirán, empleando una gran dosis de cinismo, que el mérito de Barack Obama, Premio Nobel de la Paz, es de haber ocupado la mitad de Europa sin pegar un solo tiro. Pero tampoco hay que caer en la trampa de la excesiva simplificación de las políticas geoestratégicas. 
   
Cierto es que este infatigable movimiento de alfiles y peones en el tablero de la vieja Europa preocupa a los actuales inquilinos del Kremlin y la Casa Blanca. El previsible cambio de rumbo de la política exterior estadunidense tras la elección de Donald Trump obligó a Rusia a poner las cartas sobre la mesa.

 Rusia no necesita enemigos, declaró a primeros de diciembre el Presidente Vladimir Putin, al presentar la nueva doctrina de la política exterior de su país. Añadió el dignatario ruso que Moscú no tiene intención alguna de involucrarse en confrontaciones geopolíticas, pero que la Madre Rusia – potencia mundial – no dudará en defender sus intereses.

He aquí algunas de las directrices recogidas en el memorándum sobre la nueva política exterior del Kremlin:
• Luchar contra la presión política y económica de EE.UU. y sus aliados, que desembocan en la desestabilización global;
• seguir colaborando con la UE, socio político e interlocutor económico de Moscú;
• abrir el diálogo con Canadá sobre la desmilitarización región del Árctico;
• lograr la estabilidad política en Oriente Medio y el Norte de África;
• elaborar un tratado internacional sobre la desmilitarización del espacio extraterrestre;
• frenar cualquier intento de injerencia en los asuntos internos de Rusia;
• establecer, en la medida de lo posible, relaciones de cooperación con la OTAN,
• incrementar la seguridad informática del país;
• considerar que el escudo antimisiles desplegado por los Estados Unidos representa una amenaza para la seguridad de la Federación rusa;
• negociar un tratado sobre la indivisibilidad de la seguridad en el Atlántico Norte;
• reaccionar con fuerza ante cualquier acción hostil de los Estados Unidos;
• fortalecer los lazos con los países de América Latina y el Caribe; y
• desarrollar las relaciones con Ucrania.

Para las Cancillerías occidentales, los enunciados tienen doble lectura. Doble o múltiple; es una de las reglas de oro de la diplomacia. 

Habrá que esperar unas semanas – pocas – para descubrir los ases de la baraja de Donald Trump. 

¿La estabilidad del Viejo Continente? Dependerá, muy probablemente, de los designios de Washington y de Moscú. En este caso, los demás actores sólo tienen derecho, como en el póker, a la… jugada del muerto.

domingo, 20 de noviembre de 2016

Rumanía y la geopolítica del caos


La cumbre de la OTAN de Varsovia ha sido un éxito para Rumanía, afirmaba a comienzos de julio en Presidente rumano, Klaus Iohannis. En efecto, los jefes de Estado y de Gobierno reunidos en la capital polaca barajaron la posibilidad crear una flotilla de la Alianza Atlántica en el Mar Negro, feudo de la Fuerza Naval rusa. Obviamente, en Washington y en Bruselas la primacía en la zona de los destructores y las fragatas del complejo militar Sebastopol levantaba ampollas. Y más aún, tras la anexión de la península de Crimea a la Federación rusa. El mando de la OTAN encomendó a Rumanía la coordinación del proyecto de defensa naval, al que debían haberse sumado buques de guerra de los demás países ribereños miembros de la Alianza: Bulgaria y Turquía.

Pero sucedió lo hasta ahora inimaginable; el Primer Ministro (prooccidental) de Bulgaria, Boiko Borisov, descartó la participación de su país a los planes de la OTAN, alegando que el Mar Negro no ha de ser el escenario de acciones militares. No quiero una guerra en el Mar Negro, recalcó en jefe del Gobierno. A su vez, el Presidente búlgaro, Rosen Plevnielev, hizo hincapié en que Bulgaria es un país pacífico y su política exterior no apunta a nadie. Un auténtico quebradero de cabeza para los dignatarios de Bucarest, quienes tuvieron que resignarse con la pérdida de un hipotético socio de la coalición.

El golpe de gracia llegó seis semanas más tarde, el 16 de julio, tras el fallido golpe de Estado de Turquía, cuando el Presidente Recep Tayyip Erdogan dirigió su mirada hacia su ángel de la guarda moscovita, Vladimir Putin. El proyecto de brigada naval hacía agua. Rumanía se quedaba sola ante la hipotética amenaza de la Armada rusa. La situación, que algunos tacharon de insostenible, obligó al aliado transatlántico a tomar cartas en el asunto. En efecto, durante la reunión del llamado Diálogo Estratégico Rumano-Norteamericano, celebrada en Washington a finales de septiembre, se anunció la creación en suelo rumano de una brigada multinacional de la OTAN integrada por militares de la Alianza y liderada por mandos del Ejército de Bucarest.

Como el Tratado de Montreux prohíbe la presencia de buques de guerra extranjeros – léase estadounidenses, británicos, franceses u holandeses – en las aguas del Mar Negro, la defensa de la OTAN tendrá que centrarse en el suministro de aviones de combate y sistemas electrónicos de vigilancia remota. Rumanía adquirió seis aparatos F-16 a la Fuerza Aérea portuguesa; los equipos de vigilancia electrónica serán suministrados por el aliado transatlántico. Si el proyecto primitivo no llegó a materializarse, la solución de recambio parecía… satisfactoria.

Mas los datos del problema volvieron a cambiar en la primera quincena de noviembre a raíz de los resultados (¿inesperados?) de las elecciones presidenciales norteamericanas, búlgaras y moldavas. Si bien la victoria de Donald Trump provocó un verdadero maremoto que afectó y afecta a la totalidad de las estructuras de Gobierno de nuestro planeta, los cambios registrados hace apenas unos días en Sofía y Chishináu, donde los candidatos prorrusos a la Presidencia se impusieron frente a sus contrincantes prooccidentales, preocupan sobremanera a la clase política rumana.

Rumanía ¿atenazada? preguntan los politólogos de Bucarest, señalando que prácticamente todos los países de la región – Bulgaria, Chequia, Eslovaquia, Hungría, Serbia y Moldova – están dirigidos por políticos que mantienen buenas relaciones con el Kremlin.  Rumanía – baluarte proccidental en un océano prorruso.  Rumanía – huérfana…

Los expertos en relaciones internacionales no ocultan su pesimismo. En efecto, dudan de que el presidente electo de los Estados Unidos, partidario de mejorar las relaciones con el Kremlin deterioradas durante el último mandato de Barack Obama, cuando privaron los intereses del establishment económico y militar demócrata, esté realmente interesado en apoyar al endeble aliado rumano. Trump no sabe dónde queda Rumanía, aseguran los catastrofistas, ¿Nos entregará a Putin? 

Queda, pues, la disyuntiva: ¿OTAN o Unión Europea? Para Iulian Chifu, antiguo asesor de política internacional de la Presidencia de la República, la respuesta ha de ser inequívoca: tres veces OTAN.  Su colega Cozmin Gusa, politólogo y estratega, no comparte esta opinión. Debemos dirigir nuestra mirada hacia la Alemania de Frau Merkel, hacia el motor de la economía comunitaria. Y recuerda que Rumanía tiene la ventaja de tener un Jefe de Estado, Klaus Iohannis, que pertenece a la minoría étnica germana. ¿Una baza? ¿Un salvavidas?

Cabe preguntarse si la recién estrenada geopolítica del caos, inaugurada por la era Trump, está ansiosa por cobrarse las primeras víctimas.